Había en la comarca una campesina que cuidaba con mucho amor todos los campos que trabajaba. Todos le estaban tan agradecidos que los frutos que daban los árboles que plantaba eran los mejores de la zona.
Un día, la campesina se topó con un campo sin labrar, yermo, vacío, sin vida. Pero tenía algo. Y desde ese momento sintió la necesidad de ir todos los días, de acariciar su áspera tierra y de sentirla entre sus dedos, de dejar sus huellas en su superficie y de quedarse embobada mirándolo horas y horas.
Entonces, sin darse cuenta, decidió plantar una semilla. La campesina la cuidaba con mucho amor como había hecho con los otros campos. La protegía, la regaba, le dedicaba toda su atención pero el campo, tozudo o inconsciente de lo que hacía la campesina se negó a hacerla brotar. Su corazón de tierra era duro como una piedra.
La joven siguió intentándolo. Una vez, otra vez, una semilla, otra más... Tal fue su obsesión que dejó abandonados a los otros campos haciendo que los frutos que antes eran conocidos por su dulzor y su tamaño fueran ahora conocidos por ser arrugados, secos e insípidos.
¿Por qué malgastaba su vida en ese campo? ¿Por qué desperdiciaba sus energías si era evidente que no quería darle frutos? Se preguntaba la gente. Que lo abandonara, le decían, pero ella no quería. Sin embargo, cansada de ver que toda su dedicación no llegaba a ningún sitio un día se armó de valor y se marchó de ese terreno dejando al campo más vacío y con menos vida que como lo encontró.
Pasó el tiempo y la campesina volvió a ser la de antes. Las noticias de sus dulces y sabrosos frutos llegaron a todos los rincones de la comarca incluso al campo que no quiso hacer brotar una semilla.
Ahora, el terreno observaba con envidia como los pájaros anidaban en las frondosas copas de los árboles que ella había plantado en los campos cercanos. Veía como los niños se balanceaban en las fuertes ramas y como los jóvenes enamorados buscaban cobijo bajo las sombras para besarse sin que nadie los viera.
Sintió una punzada en su duro corazón de tierra antes de que se deshiciera en polvo y fuera arrastrado por el viento. Quizás así pueda encontrarla y pedirle una nueva oportunidad.
15 de noviembre de 2013
7 de noviembre de 2013
Los demás
Cuando te miras en el espejo el reflejo te devuelve una imagen: ese eres tu. Pero por muy grande que sea hay aspectos de tu persona que nunca podrás ver sobre él unos porque están en tu interior y no se pueden observar y otros porque todavía no están ahí. O sí están pero no te has dado cuenta.
¿Y cómo salen, te preguntas? ¿Cómo se pueden ver?
No intentes sacarlos a la fuerza porque no vas a poder.
¿Quién puede? La respuesta es simple: los demás.
Serán otras personas las que harán que salgan a flote todas esas cosas buenas que guardas, todas esas cosas no tan buenas en las que no te paras a pensar, sentimientos, inseguridades, habilidades, debilidades, reflexiones, contradicciones, miedos, nuevos camimos...
Y todo eso que los demás te hacen conocer de ti mismo ¿para qué sirve?
La respuesta vuelve a ser simple: para aprender.
¿Y cómo salen, te preguntas? ¿Cómo se pueden ver?
No intentes sacarlos a la fuerza porque no vas a poder.
¿Quién puede? La respuesta es simple: los demás.
Serán otras personas las que harán que salgan a flote todas esas cosas buenas que guardas, todas esas cosas no tan buenas en las que no te paras a pensar, sentimientos, inseguridades, habilidades, debilidades, reflexiones, contradicciones, miedos, nuevos camimos...
Y todo eso que los demás te hacen conocer de ti mismo ¿para qué sirve?
La respuesta vuelve a ser simple: para aprender.
8 de octubre de 2013
Hoy
Todavía con dudas se sentó delante de una recargada mesa. Debajo del fino mantel se podía intuir su forma circular y las pequeñas velas que latían sobre ella proyectaban extrañas y temblorosas sombras que también se reflejaban y bailaban en la enorme esfera de cristal que reinaba en el centro. Atrapada por la decoración no se dio cuenta de que alguien la observaba a través de una cortina formada por pequeños cristales y tras levantar por fin la mirada de la mesa se topó con ella.
Era enana y encorvada, iba ataviada con un pañuelo raído y deshilachado que le tapaba casi toda la cara salvo unos arrugados y cansados ojos que la miraban fijamente. Se sentó en frente suyo y sin decirle nada tomó su mano durante unos instantes y la acercó a una de las velas para examinarla y tras cerrar los ojos durante unos instantes concentró su escasa vista en la bola de cristal.
Una sorprendente voz dulce rompió el silencio.
-Una mitad de la vida se nos va recordando el pasado. La otra mitad se nos va imaginando el futuro. ¿Qué nos queda para el presente?- La joven no sabía si debía contestar o no y cuando por fin mojó sus labios para intentar decir algo la vieja le hizo una seña con la mano para que se callara.
-Tienes dudas ¿verdad? No te preocupes, el futuro siempre las genera. La gente viene a mi con la esperanza de que les diga que todo va ir a mejor, que sus problemas se van a solucionar y que finalmente van a ser felices. Y cuando creen saber que todo va a ir a mejor ¿qué hacen? Nada. No hacen nada. ¿Para qué, si todo se va a arreglar solo? En realidad a mi me importa poco lo que acaben pensando, me pagan igual. Y si así son felices ¿quién soy yo para arrebatar esa felicidad?
Sin embargo tu no piensas igual. Tu mirada me lo dice. Tu pasado esta ahí, como el mío, como el de todos. ¿Te atormenta? ¡Déjalo atrás como él te ha dejado a ti! ¿Y mañana qué, te preguntarás? ¿Qué será de mi?
Si piensas que esta bola me lo dirá con todo lujo de detalles estás muy equivocada. Podría decirte muchas palabras y muchas frases alentadoras, podría darte mil y una esperanzas pero sabes que en realidad son solo eso, palabras vacías que se pierden si tu no haces nada. Sin embargo hay una que sí te voy a decir. Y aprovéchala porque el gesto es gratis.-
La vieja sacó un papel tan arrugado que parecía un calco de sus patas de gallo y con firmeza escribió algo en él.
-La voluntad- dijo mientras sus ojos reflejaban el brillo de su sonrisa oculta. La joven le pagó con otra sonrisa y salió del oscuro lugar sintiendo como el sol golpeaba sus ojos y le obligaba a cerrarlos durante un instante. Cuando los abrió sus dedos ya habían abierto el papel y como si quisiera saborear cada letra leyó lo que en él había escrito.
Hoy.
Era enana y encorvada, iba ataviada con un pañuelo raído y deshilachado que le tapaba casi toda la cara salvo unos arrugados y cansados ojos que la miraban fijamente. Se sentó en frente suyo y sin decirle nada tomó su mano durante unos instantes y la acercó a una de las velas para examinarla y tras cerrar los ojos durante unos instantes concentró su escasa vista en la bola de cristal.
Una sorprendente voz dulce rompió el silencio.
-Una mitad de la vida se nos va recordando el pasado. La otra mitad se nos va imaginando el futuro. ¿Qué nos queda para el presente?- La joven no sabía si debía contestar o no y cuando por fin mojó sus labios para intentar decir algo la vieja le hizo una seña con la mano para que se callara.
-Tienes dudas ¿verdad? No te preocupes, el futuro siempre las genera. La gente viene a mi con la esperanza de que les diga que todo va ir a mejor, que sus problemas se van a solucionar y que finalmente van a ser felices. Y cuando creen saber que todo va a ir a mejor ¿qué hacen? Nada. No hacen nada. ¿Para qué, si todo se va a arreglar solo? En realidad a mi me importa poco lo que acaben pensando, me pagan igual. Y si así son felices ¿quién soy yo para arrebatar esa felicidad?
Sin embargo tu no piensas igual. Tu mirada me lo dice. Tu pasado esta ahí, como el mío, como el de todos. ¿Te atormenta? ¡Déjalo atrás como él te ha dejado a ti! ¿Y mañana qué, te preguntarás? ¿Qué será de mi?
Si piensas que esta bola me lo dirá con todo lujo de detalles estás muy equivocada. Podría decirte muchas palabras y muchas frases alentadoras, podría darte mil y una esperanzas pero sabes que en realidad son solo eso, palabras vacías que se pierden si tu no haces nada. Sin embargo hay una que sí te voy a decir. Y aprovéchala porque el gesto es gratis.-
La vieja sacó un papel tan arrugado que parecía un calco de sus patas de gallo y con firmeza escribió algo en él.
-La voluntad- dijo mientras sus ojos reflejaban el brillo de su sonrisa oculta. La joven le pagó con otra sonrisa y salió del oscuro lugar sintiendo como el sol golpeaba sus ojos y le obligaba a cerrarlos durante un instante. Cuando los abrió sus dedos ya habían abierto el papel y como si quisiera saborear cada letra leyó lo que en él había escrito.
Hoy.
24 de septiembre de 2013
Reflexivo
Le daba tantas vueltas a la cabeza que cuando se quiso dar cuenta la tenía del revés. Y así es normal que no pudiera mirar hacia delante.
14 de septiembre de 2013
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